Reconocer el problema es el inicio de la solución

Nunca antes, para mí, había sido un problema escribir. Recuerdo mis tiempos en el colegio y esas clases de castellano donde la actividad consistía en redactar sobre un tema impuesto o por elección personal, siempre era la primera en comenzar y la última en terminar, o bueno, así lo recuerdo. El hecho es que con esto no quiero decir que mis escritos eran los mejores de la clase, simplemente que me emocionaba tanto la idea de expresarme de esta manera que se me hacía casi imposible parar.

En el gran paso a la vida universitaria, logre confirmar aún más esta creencia, me gusta escribir, recuerdo con ternura mis primeros semestres y la forma como lograba sacar adelante mis trabajos en poco tiempo, ya que acostumbraba cambiarlo todo un día antes de la entrega por no sentirme satisfecha con lo que tenía hasta el momento, esto me llenaba de felicidad a la hora de ver mis calificaciones, esos resultados confirmaban las habilidades y confianza para seguirlo haciendo, se  manifestaba en mí como un proceso de exteriorizar por medio de escritos lo que muchas veces mi voz silenciaba. Estaba desarrollando capacidades naturales para expresarme  y  me daba el permiso  de dejarme envolver en aquellos escritos  apoyándome en mi proceso de carrera universitaria.

En estos tiempos  mi situación tuvo un giro de 180 grados, por alguna razón comencé a sentir que le había perdido el amor y el gusto a cosas que antes disfrutaba como la redacción, locución, presentación, entre otras. Al comienzo de  estas sensaciones nuevas para mí quería culpar todo lo que pasaba a mi alrededor, una persona que se comió un murciélago al otro lado del mundo, una enfermedad inventada por el hombre con algún fin, los medios implantando terror y en algunos casos desinformando de lo que sucedía, incluso llegué a culpar a la universidad de la que hago parte por seguir exigiendo trabajos en una situación donde no todos nos encontrábamos en igualdad de condiciones para continuar con nuestros procesos de formación con normalidad.  

Confieso que fueron momentos de oscuridad, me vi envuelta en pensamientos que no me permitían un panorama amplio, en un lugar donde todos eran culpables y mi situación solo podría empeorar, sensaciones físicas, mentales y emocionales que describiría como un gran peso, un peso tan insoportable que me impedía muchas veces levantarme de mi cama, peso que me hacía sentir agotada y cerraba cualquier posibilidad de encontrarme bien conmigo misma, noches largas y días interminables en los que solo esperaba la hora de dormir para poder dejar a un lado la culpa por no salir de ese pequeño rectángulo que ahora era una jaula sin barrotes que solamente existía en mi mente, donde al menos podía estar sola y evadir las preguntas de las personas que me rodeaban, su afán de ayudarme no me dejaba entender su preocupación, llegando a sentirme atacada por ellos, lo único que quería era envolverme en sueños profundos que me mostrara otras realidades, porque fue mi único vehículo para salir de la habitación y escapar.

Con el paso de los días, el peso siguió aumentando, pero ahora solo había una persona a la que estaba señalando, la que más me necesitaba en ese momento, comencé a juzgarla fuertemente y el hecho de tener que verla diario se convirtió en un castigo. Hubo momentos en los que no podía reconocerla, simplemente cambió, verle  infeliz no era lo que yo recordaba de ella, estados de ánimo que se comenzaron a reflejar en su físico y le convirtieron en alguien desconocido. Una total confusión me invadía y ya no podía ver a esa joven apasionada y amante de la vida que no temía a los retos, ahora lo único que encontraba en el reflejo era una persona llena de miedos e incertidumbre porque aquel futuro que vislumbraba se desvanecía.

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