Días de lucha para vivir dignamente

Por: Laura Vergara.

Don Hernando de Jesús Pérez tiene 81 años. Es alto, robusto, de piel morena, canoso, ojos pequeños y oscuros, parpados caídos y ojeras pronunciadas, y tiene un bigote blanco distintivo, es poco usado en la actualidad, pero anteriormente era símbolo de hombría. Parece verse más joven y su actitud lo demuestra. Un señor amable, carismático, entusiasta  y con don de gente.

Don Hernando y su esposa Romelia Echavarría, quienes llevan 56 años casados, me recibieron en su casa, con una sonrisa en sus caras. Me acogieron con cariño.  La entrada era bastante amplia, incluso como es de costumbre en las fincas, afuera de la casa tienen el comedor cubierto con un mantel. No conocí la casa por dentro, pero desde afuera se veía cuadros y decoraciones bastante coloridas. Ellos mismos construyeron su casa y tuvieron cuatro hijos. Nos sentamos y doña Romelia me ofreció un café con leche caliente y tostadas, porque la noche era fría. El perro Teddy se sentó a mi lado y el gato Cody se sentó cerca de nosotros uniéndose a la conversación.

Me cuenta don Hernando a quien le dicen el tío de manera afectuosa, que llegó hace 11 años a Altos de Niquía cuando solo había árboles y pocas casas. Llegó a este lugar porque las oportunidades eran más accesibles: vendían terrenos a bajo costo, pero los recursos naturales eran escasos, como el agua. Por un tiempo se defendieron con el agua que bajaba de las montañas, pero cuando llegaba el verano se secaba, por lo tanto, les tocaba cargar al hombro el agua que les suministraba un carro de las Empresas Públicas de Medellín.

Algunas personas resolvieron irse de allí por las condiciones en las que se encontraban. Pero don Hernando encontró una solución. Cuenta él, que en una mañana soleada decidió caminar por la montaña para visitar a la virgen que estaba en la cima. Con su esposa y sus amigos emprendieron el camino. Pero no fue sino hasta la segunda vez que subió, que decidió irse por otro camino. Pensó que ese le ahorraría más tiempo y el destino lo premió encontrando agua. Esa sería la solución a los problemas que tenía la comunidad.

Al encontrar agua, don Hernando no sabía cómo la iba a llevar hasta el barrio, pues no tenía dinero ni recursos. Pero con la amabilidad de la gente, pudo comprar las mangueras y los elementos para hacer un tanque. El tanque lo construyeron donde anteriormente recogían agua antes de que se secara. Unos pusieron el cemento, la arena, el triturado y otros la mano de obra. Sin embargo, cuando estaban haciendo esta labor, unas personas que trabajaban en la alcaldía de Bello les  advirtieron que eso no era posible, ya que no tenían permiso de los entes responsables. A lo que Hernando respondió: “Cuando uno tiene sed, no pide permiso para tomar agua” pues había niños y ancianos sin ese recurso natural, y era incomprensible que la alcaldía, quienes deberían contribuir al bienestar social, no los dejara adquirir algo tan fundamental.

No siendo poco, los estaban sacando de sus viviendas por invadir el territorio, sin ningún repudio.  Un amigo de don Hernando, le aconsejó hacer una fundación que se llamó Resplandor, que hoy en día ya no existe, pero que en su momento les ayudo a sacar la personería jurídica y adquirir el impuesto predial para que no los sacara de sus hogares. Por todas estas labores, don Hernando fue nombrado líder social de la comunidad.

Desde joven  fue muy «berraco» y tuvo la voluntad de ayudar a las personas que necesitaban una ayuda extra, pues viene de un pueblo llamado Liborina. Eran once hermanos y en ese entonces, había guerras entre liberales y conservadores. Las “Chusmas” los hicieron desalojar su hogar y si no lo hacían los mataban. Recuerda don Hernando que se fueron sin rumbo fijo, y su papá demostrando valentía dijo: “El mundo no está roto, y si está roto me lo pongo de ruana”.

Caminaron sin parar 6 horas con colchones, ropa, gallinas y todo lo que pudieran cargar. Finalmente llegaron a San juan, El alto del cristo, y encontraron una finca abandonada y se asentaron allí. Afortunadamente el dueño necesitaba quien les cuidara el terreno y los dejaron quedarse ahí. Un tiempo después volvieron a su antiguo hogar, pero ya habían destruido su casa. En medio de la tristeza y frustración, su mamá y su papá trabajaron duro para sacar los once niños adelante y lo lograron. Su papá era alfarero, hacía tejas, y le gustaba la agricultura, igual que a don Hernando, que mucho después trabajó la cerámica, construcción y finalmente como líder social de la comunidad, y está orgulloso de poder contar una pequeña parte de su historia de vida. 

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